Su segundo marido fue un
imbécil que se gastó todo su dinero y la dejó en la calle. Y el tercero, según
su madre, era un capo de la mafia, un tal Rocco Diamante.
Estupendo.
Entre marido y marido,
Bobby Jean siempre quería volver con él. Y, aunque Peter no quería, acababa
sucumbiendo. Sus estrategias lo dejaban sin defensas. Cuando no involucraba a
su pobre madre para que se reunieran, aparecía en su casa... muy ligera de
ropa. Quizá pensaba montar un numerito en la reunión del instituto. Se lo veía
venir. No quería saber nada de Bobby Jean, pero seguro que ella inventaría algo
para que acabasen en la cama. Y cuando pudiera escapar de sus garras se moriría
de vergüenza, como siempre.
¿Qué habría ideado para
aquella reunión?, Se preguntó. Peter abrió el sobre perfumado. Dentro había una
fotografía de la pelirroja... hermosa, desde luego, pero con demasiadas curvas.
En ella Bobby Jean le decía que estaba separada de su marido y que este no lo
había tomado demasiado bien, que la amenazaba... De modo que estaba deseando ir
a la reunión del instituto para que la consolase.
Peter masculló una
maldición. Genial. Le había tocado la lotería. Bobby Jean huyendo de un marido
mafioso que podría seguirla hasta Southwood...
Su vida podría ser mucho
más corta si su ex novia se salía con la suya. Y lo peor llegó después. En la
siguiente línea le decía que había hablado por teléfono con su madre y sabía
por ella que no estaba casado. Estupendo. El mafioso habría trazado esa llamada
para saber dónde estaba su mujer.
Tenía que ir a casa. No
podía dejar a su madre sola en aquella situación. Su pobre madre, Claudia Lanzani. Trabajaba en una bolera y le encantaba
hacer pasteles y punto de cruz. Había sido madre a los treinta y ocho años y
quedó viuda a los cincuenta, debido a un desgraciado accidente.
Su vida estaba por entero
dedicada a él y era una mujer maravillosa. Para Peter solo tenía un defecto: que
le caía bien Bobby Jean. Siempre hablaba de los hijos tan guapos que podrían
tener... Su madre pensaba que la pobre sencillamente tenía mala suerte con los
hombres. Y cuando decía eso, él la miraba como si estuviese loca. ¿Mala suerte?
Pero si era una viuda negra.
Sentado en el taburete,
Peter sacudió la cabeza. Bobby Jean se atrevía a regañarlo por no visitar a su
madre más a menudo y por no darle nietos. Terminaba la carta diciendo que
estaba deseando verlo en la reunión para recordar viejos tiempos.
Peter se pasó una mano por
la cara. Entre las dos mujeres iban a matarlo.
Entonces, como era un
hombre sensato, consideró no ir a la reunión. ¿No era esa la solución más
simple? Sí, claro. Hasta que el mafioso apareciera en casa de su madre rodeado
de matones. No podía permitirlo.
Pero estaba seguro de que
Bobby Jean usaría la reunión para intentar conquistarlo de nuevo. No era falta
de humildad, sino que la conocía bien. Aquella mujer no podía estar sin un
hombre. Y Peter sabía que él era el hombre sin el que no podía estar. De hecho,
siempre le había hecho saber, incluso cuando estaba casada, que no le
importaría verse con él de vez en cuando.
Peter nunca aceptó la oferta
por razones obvias. Primero, porque Bobby Jean solo quería sexo y él no era el
tipo de hombre que se acuesta con una mujer casada.
No era ningún santo, pero
respetaba el matrimonio y no sentía nada por ella. En realidad, le daba pena.
Le tenía cariño porque fueron novios una vez y porque, como a todo el mundo, le
debía un respeto. Un respeto que Bobby Jean no sentía por él, desde luego.
Pero, en cualquier caso,
estaba metido en un buen lío.
Entonces abrió la carta
de su madre. Antes de leerla, ya imaginaba lo que iba a decir. Y no se
equivocó.
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