viernes, 9 de agosto de 2013

Capítulo 33

Lali no podía creer lo que estaban haciendo. Después de comprobar que Allegra estaba dormida y sacar los necesarios condones de la maleta de Peter, salieron de la casa y entraron en el coche. En medio de la calle, donde cualquiera podría verlos. Cualquiera que estuviese despierto a esas horas, claro. Era maravilloso.
Se abrazaron, riendo.
—Nos van a comer los mosquitos — murmuró Peter.
Pero se comieron a besos, se acariciaron y se quitaron la ropa a tirones. En el coche hacía calor y se quedaban pegados al vinilo del asiento. Sus cuerpos, sudorosos, hacían un ruido que a Lali le parecía muy divertido mientras buscaban la forma de meter «eso» donde había que meterlo. Se partían de risa cuando no podían hacerlo y después se hacían callar el uno al otro.
De vez en cuando, Peter asomaba la cabeza por la ventanilla para ver si alguien estaba mirando. Le preguntaba: «¿Has oído eso? ¿Era la policía o mi madre?». Pero Lali no le hacía caso. Sencillamente, volvía a atraerlo hacia ella para hacerlo otra vez, como adolescentes en celo.
Por fin, se sentaron, exhaustos... aunque no saciados del todo.
—¿Sabes una cosa? Esto es un asco. ¿Cómo lo hacíamos cuando éramos críos? De verdad no podría decir si hemos hecho el amor o no.
—Sí, es verdad. Podríamos intentarlo en el sofá.
—O podría sacar una manta de casa y hacerlo bajo las estrellas.
—Eso suena maravilloso. Con la luna llena y todo...
De modo que lo hicieron. Se vistieron para salir decentemente del coche, comprobaron que Allegra seguía durmiendo, bebieron un vaso de agua y cuando se miraron a los ojos tuvieron que salir corriendo.
Y allí estaban, en el jardín, sobre una manta, desnudos, con el corazón entregado.
Lali no podía creer el deseo que sentía por aquel hombre. Ni la dulce intensidad de sus besos. Peter era todo lo que había imaginado y la emocionaba por completo. Su cuerpo era fuerte y sólido, sus besos calientes, su forma de hacer el amor muy masculina y poderosa. Y estaba dentro de ella, intentando controlarse. Estaba esperándola, dándole besitos en la cara, controlando sus movimientos. Esperando que llegara con él.
—Bobby Jean no significa nada para mí, Lali. Quiero que lo sepas — murmuró, pasando la lengua por su cuello, haciéndole sentir escalofríos—. Ese beso no fue idea mía. No sabía que iba a hacerlo.
—Lo sé — murmuró ella, feliz al sentir el cuerpo del hombre sobre el suyo—. Quiéreme, Peter. Ahora.
—Eso es lo que quería oír — susurró él.
Cómo la llenaba, qué insistentes pero suaves eran sus embestidas. Qué maravilloso sentir sus músculos bajo los dedos.
Sin dejar de besarlo, Lali enredó las piernas alrededor de su cintura, borrando para siempre la imagen de Bobby Jean haciendo eso mismo.
Unos segundos después el ritmo de Peter se hizo más rápido, más urgente. Lali estaba muy cerca, cada vez más. Y él también. Entonces, la exigencia del acto amoroso la llevó a un sitio donde no había estado nunca, ni siquiera con su difunto marido... el sitio donde su corazón se convertía en uno con el corazón de otra persona.
Lali se despertó a la mañana siguiente con el sol entrando a través de las cortinas. Escuchó un ruido, pero estaba medio dormida y no hubiera podido decir a qué respondía. Entonces se dio cuenta de que no estaba en su casa, ni en su cama.
No, estaba en la cama de Peter. Y habían hecho algo más que dormir. Mucho más. En el coche, en el jardín, en la cama... Lali sonrió.
No estaba a su lado en ese momento, pero recordaba que cuando se metieron en la cama, con intención de dormir, no fueron capaces de controlarse. Hicieron el amor otra vez y después se quedaron dormidos, uno en brazos del otro.
Había sido maravilloso. Y aquella mañana era sábado, el cuatro de julio ni más ni menos, el día de la fiesta nacional. Por alguna razón, le parecía el primer día del resto de su vida.
En aquel momento entendía todos los poemas, todos los romances. La desesperación por estar con alguien, de ver la cara de la persona amada, volverse loco por el color de unos ojos. Y, sobre todo, tenía una cara que recordar cada vez que oyera una canción de amor.
¿No sería aquel día el primero de un futuro maravilloso? Sí, podría serlo.
Lali sonrió de nuevo. Entonces volvió a escuchar aquel ruidito. Era un murmullo, como el de dos amantes. Pero no lo era. Parecía alguien diciéndole cosas a un niño... Entonces entendió. Y cuando se dio la vuelta en la cama y vio la imagen que había frente a ella, su corazón se encogió.
Se le hizo un nudo en la garganta al ver a Peter sentado en la mecedora, con Allegra en brazos.
Entonces se le ocurrió pensar que Peter Lanzani era el único hombre al que quería ver con su hija en brazos. Por supuesto, su suegro y sus hermanos también abrazaban a la niña... pero aquello era diferente.
Deseando poder pintar o esculpir aquella escena, o al menos poder hacer una fotografía que guardaría para siempre, Lali apoyó la cabeza en la almohada y se quedó mirando, en silencio.
Peter estaba acariciando el pelito de la niña con una sonrisa en los labios.

—Eres preciosa —le decía en voz baja—. ¿ Quieres ser mi niña? ¿ Te gustaría? 

lunes, 5 de agosto de 2013

Capítulo 32

Lali se echó el pelo hacia atrás.
—¿De verdad pensabas eso? .
Peter supo entonces que era el momento de decirle lo que sentía.
—Claro que lo pienso. Desde que te vi en ese ascensor. Cuando se abrieron las puertas, me pareció que había ganado un premio.
—¿Un premio? Por favor... si parecía una oveja gorda.
—¿ Tú? Incluso entonces eras preciosa. Las mujeres como tú no abundan en un mundo de grasa y neumáticos, Lali. Eres tan guapa, tan inteligente, tan refinada...
Ella le puso una mano en la boca.
—No, por favor. No me pongas en un pedestal. Quiero algo real. Quiero intimidad y sábanas arrugadas, quiero alguien que este loco por mí, alguien por quien yo sienta lo mismo. Pero sobre todo quiero una cara que ver cuando escuche una canción de amor. ¿Me entiendes?
Peter besó la palma de su mano con ternura.
— Creo que sí. Quieres alguien a quien esperar en casa cada noche. Y por primera vez en mi vida, creo que yo deseo lo mismo.
—Y no te atrevas a renegar de tu trabajo, Peter Lanzani —le advirtió Lali entonces —. Los coches de carreras son muy emocionantes. Además, eres el hombre más bueno y más considerado que he conocido nunca. Y eres fabuloso con Allegra...
—¿ Y cómo soy contigo? — preguntó él, mirándola a los ojos.
—Horrible.
El corazón de Peter se detuvo durante una décima de segundo.
—¿Horrible?
—Te metes en mi vida un frío día de enero y después no sé nada de ti en seis meses.
—No sabía si debía llamarte. No sabía qué decir.
— Pues no era tan difícil. Solo tenías que decir: «me gustaría verte».
—¿Y si me hubieras dicho que no?
—Pero te di mi número de teléfono, Peter. ¿Eso no te dijo nada?
Él asintió, incómodo.
—Quería verte, pero no me atrevía. Digas lo que digas, tu mundo es muy diferente del mío. Yo veo a mis compañeros peleándose con sus mujeres por teléfono todos los días y me prometí a mí mismo no caer en esa trampa. y entonces te conocí y me dio miedo...
Lali se miró las manos.
—¿Y por qué me llamaste?
Peter respiró profundamente, para darse valor.
—Porque quise engañarme a mí mismo. Me dije que solo sería un fin de semana...
—Ah, ya veo. Querías probar para ver si te gustaba.
— No, no es eso. O sí, no lo sé. Pero fuera como fuera, ahora ya no es así.
—Pero sigue dándote miedo, ¿no?
—Sí.
—Lo entiendo, no creas. Yo soy una viuda rica con una niña... Sé que no es fácil.
Peter acarició su hombro.
—No es eso, Lali. Tú no eres una carga ni nada parecido. Todo lo contrario, eres un regalo del Cielo.
—Mira, voy a decirte una cosa —dijo ella entonces —. Eres el hombre más sexy que he conocido en toda mi vida. Me haces reír, me excitas. Y eso me encanta. Pero también me vuelves loca. Haces que me porte como no lo he hecho nunca. Solo llevo contigo veinticuatro horas y mira el lío en el que me he metido. Sin embargo, me gustas... me gustas mucho.
Él la miró, confuso. ¿Por fin habían conseguido entenderse? Estaba sintiendo los mismos nervios que sentía cuando iba a empezar una carrera.
—¿Qué estás diciendo? Quiero estar seguro.
La expresión de Lali era vulnerable, confusa.
—Tengo que saber una cosa, Peter. Tengo que saber si existe la posibilidad de que haya un «nosotros». Yo no suelo... pero tengo que saberlo. ¿Hay un nosotros?
—Eso espero. De corazón —dijo él—. Ahora que nos hemos puesto de acuerdo, ¿quieres que lo hagamos?
Sorprendida, Lali se echó hacia atrás.
—¿Que lo hagamos? Peter, no estamos en el instituto.
—Pero hemos venido a mi reunión de antiguos alumnos. Podríamos portarnos como si estuviéramos en el instituto — sonrió él, travieso.
—No lo dirás en serio. Peter apretó su mano.
—Sí lo digo en serio. Incluso podríamos hacerlo en el asiento trasero del coche, si quieres.
Lali se quedó pensativa.
—Pues.., sí, me apetece mucho —sonrió por fin —. Pero antes tengo que decirte una cosa. Cuando  Bobby Jean te besó, hubiera querido hacer algo más que darle un puñetazo. Habría  querido sacarle  los ojos — añadió, besándolo en la comisura de los labios —. Quiero que solo tengas mis besos, mi sabor, en tu boca. ¿Te importa?
Peter apenas podía respirar y mucho menos negar con la cabeza. Le pesaban los brazos, como si se hubiera quedado sin sangre. Aquella mujer iba a matarlo allí mismo, en el sofá de su madre.
Entonces lo sorprendió tirando del cuello de su camisa.
—Me debes esto.
Sin más preámbulos, Lali le dio un beso profundo, húmedo y sensual.
Tenía razón. Se lo debía. Peter respondió como una ballesta. Se echó hacia atrás en el sofá, llevándola con él, y el beso se convirtió en gemidos y jadeos llenos de pasión y caricias subidas de tono.
En los ojos de Lali veía el mismo deseo que debía de estar reflejado en los suyos.

—¿Por qué no me enseñas el asiento trasero de tu coche, Peter Lanzani? 

Capítulo 31

—No estaba defendiéndome. Te estaba defendiendo a ti.
—Ah, es cierto. Y aún no te he dado las gracias. La verdad es que Bobby Jean me estaba dejando sin respiración. Y pelear por algo justo, es bueno.
—Es posible —murmuró ella—. Pero sigue siendo algo espantoso. No sabía que pudiera pegarle a una persona.
—Todos somos capaces, si las circunstancias lo exigen. Y tú pensaste que debías defenderme —sonrió Peter.
—Estás muy contento contigo mismo, ¿no? Él no podía dejar de mirarla. Tan pequeña, tan aparentemente frágil, tan elegante... y se había liado a tortas por él.
Hasta entonces pensaba que su pueblo, su familia y sus amigos la disgustarían, pero Lali se había puesto de su lado. Eso era cierto, pero ¿podría mantener una relación con ella? Eran tan diferentes... Sin embargo, cada vez que la miraba, su corazón se ponía a latir como loco.
—No me mires así. Ya te he dicho que lo siento. Te he dejado en ridículo delante de tus amigos.
—¿En ridículo? Pero si me has convertido en un héroe. Ahora todo el mundo sabe que mi mujer es una leona. Aunque debería enseñarte a pegar. De la forma que lo hiciste, Bobby Jean podría haberte dado un puñetazo en el estómago —dijo Peter entonces—. Tienes que poner los puños así, ¿ves?
—¿ Te estás riendo de mí?
—¿Reírme de ti, Mike Tyson Esposito? De eso nada. Te he visto en acción y eres un peligro, cariño.
—No digas eso —murmuró ella, mirando su mano—. Mira, me he hecho daño en los nudillos.
Saltando ante la oportunidad de tocarla, Peter tomó su mano.
—Sí, es verdad. Están un poco despellejados. Debe de ser por los dientes de Bobby Jean. ¿Te has puesto la inyección del tétano?
—¡Peter!
—Era una broma, mujer.
—Ya, claro. Pero Bobby Jean me ha denunciado y... ¿qué voy a hacer? No puedo ir a la cárcel.
—Claro que no. No te imagino con un traje de rayas.
—No estás ayudando nada...
—Perdona, perdona — murmuró él, tomándola en sus brazos. Su pulso se aceleró... y no fue lo único—. No te preocupes. Seguro que mañana  Bobby Jean se habrá calmado y retirará la denuncia.
Lali asintió sin decir nada. Y en lo único que Peter podía pensar era en el olor de su pelo, en lo cálida que era, en cómo le gustaba tenerla en sus brazos.
De repente, ella levantó la cabeza. Tenía los labios entre abiertos y era una invitación imposible de resistir...
—No —dijo Lali entonces. Él se echó hacia atrás, avergonzado—. No creo que retire la denuncia. Le he pegado un puñetazo delante de todo el pueblo. Yo creo que espera que me metan en la cárcel de por vida.
Peter no sabía si reír o llorar. O abandonar, sencillamente.
Eran casi las tres de la mañana, la tenía en sus brazos y eran dos adultos que se sentían atraídos el uno por el otro...
Entonces se regañó a sí mismo. Él pensando en el dormitorio y la pobre Lali con un susto de muerte por la denuncia de Bobby Jean. Lo que tenía que hacer era ayudarla, no ser tan egoísta. Al menos entonces podrían dormir un poco.
—No te preocupes, de verdad. Puedo llamar a Agustin Sierra, un amigo mío que es abogado. O mejor, podría intentar hablar con Bobby Jean para convencerla de que retire la denuncia.
Lali se apartó entonces de un salto.
—No pienso dejar que vayas a verla solo. ¿Retirar la denuncia? ¡Ja! Lo que quiere es bajarte los pantalones. Y entonces tendré que pegarle otra vez.
Peter la miró, atónito. Estaba celosa. Era un hombre afortunado.
—Aunque ella quiera que me los baje, no pienso hacerlo. Aunque estaría dispuesto a entregarle mi cuerpo si así te dejara en paz.
Lali arqueó las cejas.
—Seguro que sí.
Peter hubiera deseado hacerle el amor allí mismo. Era tan rica, tan guapa... Le hacía desear reírse, cantar y gritar al mismo tiempo. ¿Podía ser peor?
—No me interesa nada Bobby Jean.
—Eso espero. Ah, por cierto, no te he dado las gracias por amenazar a tu amigo Dalmau con darle una paliza si no me sacaba de la celda. Ha sido un detalle.
—Solo intentaba estar a tu altura. Tú te has pegado con Bobby Jean por mí y yo tenía que pegarme con alguien por ti. Gracias otra vez por defender mi honor delante de todo el mundo. Has dejado mi reputación brillante como el oro...
—Calla, tonto —rió ella.

—No, en serio. Tú tan guapa, tan rubia, tan fina... contra Bobby Jean, que es como un tanque. Me he sentido orgulloso de ti. Esa es mi chica, pensaba. 

jueves, 1 de agosto de 2013

Capítulo 30

Lali esperó de nuevo. Nada. Ni con una manguera de agua fría.
Tenía que hacer algo drástico.
—¡Suelta a mi marido de una maldita vez!
Por fin, Bobby Jean se apartó y Peter intentó llevar aire a sus pulmones. Cuando la pelirroja se volvió para mirarla, Lali tuvo que tragar saliva. Era alta, muy alta.
—Cariño —le dijo entonces, con el tono más sureño que había oído en toda su vida—. Solo voy a decir esto una vez, así que escucha bien, ¿de acuerdo? Casado o no, este hombre no es tuyo, cielo. Es mío. Siempre ha sido mío y siempre lo será. Así que vete por donde has venido y diremos que esto ha sido un simple error.
Los murmullos de la gente subieron de tono y ella se puso colorada.
—Sí, es un error, desde luego. Pero lo cometes tú, guapa.
Furiosa como no lo había estado en toda su vida, Lali, una niña rica educada en los mejores colegios del país, echó el brazo derecho hacia atrás y con todas sus fuerzas le dio un puñetazo en la boca a Bobby Jean Diamante.
Peter, su madre y Allegra tardaron dos horas en sacar a Lali de la nueva cárcel de Dalmau. El jefe de policía de Southwood había olvidado su simpatía por el problema de Peter y parecía muy contento de tener un inquilino en su nueva celda. Y una inquilina especial, además. Una mujer de la alta sociedad acusada de golpear a otra, delante de doscientos testigos.
Sí, un caso de violencia física en un sitio público. Los cargos habían sido presentados por Bobby Jean Diamante, que apareció en la comisaría con el labio hinchado y el orgullo herido.
Aunque Dalmau entendía el predicamento de Lali, no podía olvidar que debía defender la ley y el orden en el pueblo.
—¿Cómo puedes hacerme esto? —protestó Peter—. Lali fue provocada.
Pero el jefe de policía no dio marcha atrás. Ni siquiera cuando lo amenazó con darle una paliza si no la soltaba. Cuando Dalmau aceptó la pelea y empezó a quitarse la chaqueta, Peter tuvo que recordarle que tenía una niña en brazos. No pensaría pegar a un padre con su hija de seis meses en los brazos, ¿no?
Además, le dijo, encarcelar a una madre que estaba dándole el pecho a su hija era una crueldad innecesaria y un castigo para una niña que no tenía culpa de nada.
Como si estuviera entrenada, Allegra empezó a llorar al ver la cara de su madre entre las rejas. Lloraba con tal desesperación que Peter convenció a Dalmau de que, o soltaba a Lali inmediatamente o tendría que encerrar también a la niña.
A menos que el jefe de policía pudiera darle el pecho él mismo. Eso sí que saldría en el periódico. Peter lo amenazó con llamar a Vanessa, la directora del periódico local, para decirle que fuera a la cárcel con su cámara.
Eso fue la puntilla. Dalmau aceptó soltar a Lali, advirtiéndole que tendría que lidiar con sus responsabilidades legales antes de volver a Atlanta. Estupendo, pensó Peter. Ya arreglarían el asunto al día siguiente.
En aquel momento, lo único importante era llevarse a Lali y a la niña a casa. Claudia, muy orgullosa de su nuera, estaba agotada y se había ido a la cama. Y Allegra se durmió poco después de que su mamá le diera el pecho.
La vida era maravillosa.
O lo sería si Lali no tuviera problemas con el asunto de la cama. Aunque, en realidad, era un problema. Ellos no estaban casados, aunque su madre hubiera decidido creerlo, y si las cosas se ponían calientes... No, no podían hacerlo con Allegra durmiendo en la cuna, le decía su conciencia.
Además, apenas se conocían y les daría vergüenza desnudarse. No podrían pegar ojo si durmieran juntos, rozándose. Dos adultos que se sentían atraídos el uno por el otro, pero que no podían hacer nada al respecto porque era demasiado pronto.
La vida no era tan maravillosa, al fin y al cabo.
Y, al final, se quedaron en el salón hasta muy tarde, porque ninguno de los dos quería irse a la cama. Peter dejó de pensar en ello y se tumbó en el sofá, mirando a Lali por el rabillo del ojo.
Exhalando un suspiro de frustración amorosa y de cansancio, la observó, algo que disfrutaba mucho haciendo. Estaba un poco echada hacia delante y el pelo le cubría la cara, pero recordaba perfectamente sus facciones: frente alta, ojos de color ámbar, pómulos altos, una nariz perfecta y unos labios generosos que hubiera dado cualquier cosa por besar. 
Aquella mujer era todo lo que había deseado: inteligente, simpática, generosa, educada, valiente...
Se estaba frotando la mano derecha y Peter no pudo evitar una sonrisa. 
—¿ Te duele, campeona?
—Pues sí. Me duele mucho.
—¿Quieres que te ponga una bolsa de hielo?
—No. Me lo merezco por ser tan bruta.
— No digas eso.
—Es que estoy asombrada, Peter. Nunca le había pegado a nadie. Por favor, tengo una niña de seis meses... y Allegra me ha visto pegar a una persona. ¿Qué le estoy enseñando a mi hija?

—No creo que lo recuerde, Lali. Pero ya que lo preguntas, yo creo que le estás enseñando a defenderse. 

Capítulo 29

—Ha llegado Bobby Jean, ¿ verdad?
—Radiante, como siempre. Y sola —contestó Claudia, volviéndose hacia su nuera—. Vamos, ve a salvar a tu marido.
—¿Mi marido? Ah, sí, claro —murmuró ella.
Afortunadamente, Claudia no había registrado su despiste.
—Vamos, ¿a qué esperas?
—¿ Y qué se supone que debo hacer para salvarlo?
—Eres una mujer, piensa en algo. Sal ahí y dile a esa Bobby Jean quién eres.
—Ya voy —murmuró Lali, aunque no tenía ni idea de qué se esperaba de ella.
—Espera, tengo que decirte una cosa. Yo pensaba que Bobby Jean y Peter staban hechos el uno para el otro, pero me equivoqué. Bobby Jean es como una niña, pero también puede ser un animal. Si huele el miedo, se lanzará a tu garganta. Es igual que su madre. Tiene una lengua viperina y no le da miedo usarla para hacer daño —dijo Claudia, tomándola del brazo—. Tienes que detenerla.
Por Dios bendito. «Tienes que detenerla».
Temblando de miedo por tener que hacer algo posiblemente humillante, además de peligroso. Lali estiró su elegante vestido texano.
—¿ Cómo estoy? — preguntó, pasándose una mano por el pelo.
Se sentía más como una boxeadora que como una mujer celosa de su marido.
—Estás muy guapa —dijo Claudia—. Mírala a los ojos, hija. Toma a Peter del brazo y sonríe mucho. Sé muy dulce para que todo el mundo vea el contraste entre ella y tú. Venga, sal ahí, campeona.
Nadie en toda la historia se había sentido menos como una campeona. Con las piernas temblorosas, Lali pasó entre la gente, que le hacía sitio como se lo harían a un campeón de boxeo. Por lo visto, estaban deseando ver lo que iba a pasar.
Y quizá ella no era la favorita en la pelea, pero pensaba enfrentarse a Bobby Jean con la cabeza bien alta.
Entonces vio a Peter de espaldas y tras él, lo que parecía una mutación. Era una melena roja tan alta como una tarta. Debía ser la melena de Bobby Jean. Que además de tener mucho pelo, era un pulpo. Porque tenía no solo los brazos sino las piernas alrededor del cuerpo de su marido... bueno, de Peter. Y lo estaba besando. Mucho. Por el ruido, se lo estaba comiendo vivo.
Era algo desagradable de presenciar. Muy irritante. Y humillante. Después de todo, la gente del pueblo pensaba que Peter y ella estaban casados de verdad.
No le gustaba un pelo el asunto. Ni la competencia. Pelo rojo, piel blanca, un vestido que dejaba poco a la imaginación, tacones de aguja...
Pero le daba igual. Aunque hubiera sido una supermodelo. Peter era suyo y...
Lali se detuvo. Peter no era suyo. Todo aquello era un juego.
Pero el asunto era que Bobby Jean Diamante no podía estar besándolo como si quisiera dejarlo sin aire. Porque Peter no era su marido, pero podría serlo. Y eso era lo importante. No el matrimonio ni la relación, sino el potencial para ello.
Así de decidida, Lali se dispuso a soltar a Peter de sus garras. Tenía que salvarle la vida, ¿no? Y, en su opinión, parecía que su vida y su reputación necesitaban ser salvadas inmediatamente.
Aunque iba a necesitar valor, tenía que hacer algo. No sabía qué, pero algo. Iba a terminar con aquella telenovela en un momento.
Colocándose al lado de la pelirroja, le dio un golpecito en el brazo.
—Perdone, señorita —dijo con su mejor tono de colegio carísimo. Esperó, pero no hubo respuesta. La pelirroja no se movió—. Perdone. Si no le importa, me gustaría hablar con mi marido.
Lali oía los susurros de la gente, las risitas, pero eso no la detuvo.
Peter no estaba devolviendo el beso, sino intentando apartarse, pero Lali estaba segura de que no podrían apartarlo de aquella fiera ni los bomberos.
Entonces miró alrededor, buscando ayuda. Pero nadie iba a ayudarla. Solo Claudia, que la animaba con gestos desde el otro lado del salón de actos.
Volvió a tocar el brazo de la pelirroja, aquella vez asegurándose de clavarle la uña.

—Perdona, Bobby Jean. Ya veo que estás ocupada, pero debo recordarte que el hombre al que estás besando es mi marido. Y te agradecería que no siguieras sobándolo, bonita.