sábado, 7 de diciembre de 2013

Capítulo 4

—Tú, Lali, resulta que eres la mujer en la que había pensado para llenar ese hueco en mi vida.
Las palabras atravesaron sus tímpanos, con la salvedad de que su cerebro sólo las absorbió hasta cierto grado. Lo único que sabía era que él quería casarse y que ya había elegido a la mujer. No tenía necesidad de mencionarle todo aquello a ella, rompiéndole el corazón en mil pedazos.
Una chispa de furia se encendió en su interior. ¿Y qué? A ella ni siquiera le importaba.
—Seguro que eso sería exactamente… ¿Qué?
¿Acaso tenía cera en los oídos? Era la única explicación para haberlo entendido mal.
—Perdón, pero creí que acababas de decir…
—Lo he dicho —dijo él inclinando la cabeza para mirarla de arriba abajo a través del mechón de pelo negro que cubría su frente, mientras esperaba a que ella dijera algo.
Y lo dijo. Y tuvo que hacer un esfuerzo para evitar que su mano alcanzara aquel mechón para colocárselo en su sitio de nuevo. Le había pedido que se casara con ella.
¡Qué maravilloso! Casarse con el jefe, el hombre de sus sueños. Su estómago dio un salto mortal. El pánico cobró vida en algún lugar de su cerebro y amenazó con devastar todos sus sistemas. No comprendía nada.
—Bien. Ya veo. Crees que yo sería la mejor opción para el puesto de señora de Peter Lanzani, ahora que has decidido que debería haber una, ¿no? Una señora Lanzani, quiero decir.
Incluso mientras hablaba, esperaba que él se riera y le dijera que se trataba de una broma o algo así. Pero no se rio. Su jefe realmente acababa de pedirle que se casara con él.
Trató de ordenar sus pensamientos. Tenía que haber un modo de comprender eso. De hacer que tuviera sentido. Él quería casarse con ella. De repente. Sin ninguna señal previa. Era fantástico, increíble, terrorífico.
—¿Por qué?
—¿Por qué tú, Lali?
Sí. De todas las mujeres a las que podía habérselo pedido, ¿por qué pedírselo a ella? Lali se limitó a asentir con la cabeza.
—He llegado a conocerte y me he dado cuenta del trofeo que podrías ser. Te quiero a mi lado.
—Ya veo. Un premio. Sin sentimientos, claro —dijo ella.
Era cierto que tenía un cerebro como una computadora, pero ésa era una pequeña e insignificante parte de ella. También era emotiva, cariñosa, sentimental. Menuda manera que había tenido él de describirla.
—También eres encantadora, y capaz de enfrentarte a cualquier tarea de anfitriona que se ponga en tu camino.
—Gracias —dijo Lali tratando de mantener el sarcasmo oculto. Pero había algo insultante en aquella afirmación sobre su carácter. En el hecho de que aquel hombre pensara que a ella le encantaría que la vieran como una especie de esposa y muñeca que estaría a su lado sin hacer ruido.
—Tendrías todo lo que desearas, claro, dentro de lo razonable. Siendo mi esposa disfrutarías de un estilo de vida adinerado.
Todos esos millones ofrecidos así, sin más. ¿Acaso no tenía idea de lo que estaba ofreciendo? Ella no era avariciosa, pero él no podía saber eso. No podía saber lo desesperada que estaba en el asunto del dinero en ese momento.

Sin embargo nada era lo suficientemente valioso como para sacrificar sus ideales sobre el amor y el matrimonio. Ni siquiera el modo más conveniente para solucionar sus problemas de dinero. Claro, que no iba a aprovechar para ganar dinero casándose con él. Además, sus esfuerzos para salir de esa situación estaban dando sus frutos. Lo estaba consiguiendo. Lentamente.

viernes, 6 de diciembre de 2013

Capítulo 3

Hizo una pausa. En cualquier otra persona Lali habría pensado que era vulnerabilidad lo que veía en esos ojos color avellana. ¿Pero Peter Lanzani? ¿Vulnerable? La idea era absurda. Él no sufriría de ese tipo de ataques. No lo permitiría.
—El tema es —prosiguió Peter—, que no creo en el romance. He observado muchas relaciones y he visto lo que ocurre cuando la gente cree que está enamorada. Sus personalidades se alteran. Van de lo sensato a lo irracional, al parecer, de la noche a la mañana.
—Ya veo —más allá de esas dos palabras, Lali no supo qué más decir.
—Sí —dijo él cruzando los dedos sobre su archivo. Aquel gesto pareció incluso posesivo, pero Lali desechó esa idea tan pronto como apareció. Estaba fantaseando. Cómo despreciaría eso su jefe.
—Cuando las personas creen que están enamoradas —continuó Peter—, cualquier pensamiento cuerdo desaparece. Las cosas sencillas se convierten en las más complicadas sobre el planeta. Si la pareja se despierta gruñona una mañana, ya se preocupan de que sea el final de la relación. Mienten porque tienen miedo de que la otra persona se desenamore si son demasiado sinceros.
A Lali le dio un vuelco el corazón antes de darse cuenta de que aquello no iba de ella. En cualquier caso ella no era una mentirosa.
—Bien. Veo que obviamente no quieres ese tipo de complicaciones en tu vida —dijo ella, con la esperanza de que su tono no delatara lo sorprendida que estaba ante su actitud.
—Correcto. Lo que quiero es una mujer sensata que no se deje llevar por los absurdos altibajos sentimentales. Alguien a quien sea capaz de tolerar a mi lado durante décadas. Una mujer que respete, como yo, que el concepto de estar enamorado es una ilusión.
—Tolerar. Sí, bien. Nada de estar enamorada —dijo ella. Ése se parecía más al hombre para el que trabajaba. El toque de vulnerabilidad había desaparecido. Escribió las palabras: debe ser capaz de tolerar a un marido que no la quiera.
Haciendo un esfuerzo, se contuvo de hacer mención alguna a la liposucción o a los dientes. Entonces, con una seguridad nacida de una esperanza ciega, añadió:
—Encontraremos a alguien apropiada para ti. No te preocupes.
—Ya he encontrado a una.
«¿Quién es? Le cortaré el cuello». Lali apretó el lápiz con fuerza, rasgando la hoja de papel de la libreta. Levantó la mirada y fingió una expresión de calma que no sentía.
—¿De verdad?
—Sí —dijo él con aire complaciente—. Como sabes, Lali, estoy muy satisfecho con tu trabajo.
Ya estaba otra vez con lo mismo.
—Lo aprecio mucho.
—Hemos puesto a prueba nuestra habilidad para llevarnos bien. A veces no hemos estado de acuerdo en algunos temas, soluciones a determinados problemas, maneras de actuar en algunos asuntos.
—Es cierto. Pero siempre hemos encontrado el modo de solucionar las cosas.
—Exacto. A veces he sido seco contigo. Otras veces te habrás sentido frustrada conmigo. Pero hemos superado las crisis, las fechas tope, los días en los que todo salía mal. Lo hemos llevado bien porque los dos somos personas directas y, sobre todo, porque ninguno de los dos hemos mezclado nuestras emociones con los aspectos laborales. Admiro eso en ti, Lali.
—¿Ah, sí?
—Tienes la cabeza fría —dijo él asintiendo con la cabeza—. Miras las cosas de manera sensata. Los temas de negocios se basan en la sensatez y en criterios ajenos a los sentimientos, al igual que el matrimonio que tengo en mente.
—Me… alegra que pienses así —dijo ella. «Me alucina que pienses así, que tengas una visión tan cínica del amor, que creas que las personas se devalúan de algún modo cuando permiten que sus emociones entren en juego»—. Estoy segura de que te sentirás muy cómodo con el tipo de relación que tienes en mente —«con cualquier pobre mujer que creas que encaja con tus criterios».
—Entonces quizá sea mejor que te diga a quién tengo en mente.

—Por favor.

Capítulo 2

Hacía que Lali se sintiera incómoda. ¿Qué tenía ella que ver con su «asentamiento y su nueva etapa en la vida»?
—¿Realmente estás en todas las listas?
—En todas. Aparentemente nadie puede imaginarme siendo feliz estando solo.
—Supongo que debe de ser un halago estar en todas las listas de solteros. Las mujeres que leen esas listas querrían… —«pasar horas y horas haciendo el amor contigo»— llegar a conocerte mejor, seguro. Si tuvieran la oportunidad. Ya sabes, mujeres agradables. Las que no se esconden detrás de las plantas.
«Lali Esposito, cállate», pensó ella. «Antes de que acabes metida hasta el cuello en este asunto».
—Quizá tengas razón —dijo él con esa sonrisa asesina suya que la volvía loca—. No puedo decir que haya pensado mucho en ello.
—Oh, no. Supongo que no.
—Tú y yo hemos trabajado muy de cerca durante los últimos seis meses, desde que te trasladaron aquí para sustituir a mi ayudante personal.
—Me lo he pasado bien —dijo ella. Aquel cambio de tema era desconcertante. Rezaba para que no fuese a decirle que ya no la necesitaba. No podría soportar la idea de no verlo cada día, de no hablar con él, de no reír con él—. Es un trabajo genial. Valoro la oportunidad que se me brinda de involucrarme en la compañía a este nivel.
—Y la verdad es que tu empresa hizo muy bien en recomendarte para el puesto. Lo has hecho perfectamente —dijo él, y sacó un archivo del cajón de su escritorio para echarle una ojeada antes de dejarlo caer sobre la mesa.
Lali vio que se trataba de su archivo personal y su corazón se aceleró. Iba a mandarla de vuelta a su antiguo trabajo. ¿Por qué?
—De hecho no has hecho nada malo desde que comenzaste tu trabajo hace tres años y medio. Tu archivo es impecable.
—Gracias —dijo ella—. Lo hago lo mejor que puedo.
—He llegado a conocerte, Lali. Eres honesta, directa, y se puede confiar en ti.
Ante eso, Lali se sintió en desacuerdo. Había trabajado duro, y había sido completamente transparente en todos los aspectos. Pero se preguntaba qué pensaría él si supiera que estaba escondiendo secretos ante la ley y, además, pagando a un chantajista.
—Trato de hacer mi trabajo lo mejor que puedo. Estoy comprometida con Lanzani's.
—Y yo estoy comprometido con los planes que tengo para el futuro, Lali. Quiero que lo tengas claro.
—Claro. Sí.
—He dicho que quiero cambiar de vida. Lo del soltero de oro es un tema aparte —dijo él, despreciando a cientos, probablemente miles de mujeres—. Lo que me importa es asentar mi futuro como quiero que se asiente. En resumen, mi plan es el matrimonio. Casarme con una mujer apropiada, de mi elección.
—¿Matrimonio? —dijo ella. De todas las opciones, ésa era la última que se le había ocurrido—. Estoy segura de que el matrimonio te resultará muy útil si lo que quieres es asentar tu vida.
Según asimiló la idea, un sentimiento de celos y posesión surgió violentamente de su interior. No quería que se casara. No quería ver a cualquier mujer colgada de su brazo a todas horas. Ya era suficientemente horrible que ella no pudiera tenerlo. Ya lo sabía. ¿Pero acaso tenía que restregárselo por la cara?
De pronto lo supo. Sólo podía haber una razón para que le estuviera contando todo eso. Debía de querer que ella lo ayudara a hacer que ocurriera. Había resaltado su eficiencia y demás cualidades, así que sería lamedor para eso también.
Hombre maldito. ¿Cuánto se suponía que debía aguantar una ayudante temporal con un estúpido cuelgue? Al parecer, mucho.
Levantó su libreta, agarró el lápiz con fuerza y dijo:
—¿Qué tipo de ayuda puedo proporcionarte? ¿Tienes ya a alguna mujer en mente? ¿O quieres que te redacte una lista de posibles candidatas? Se me ocurren algunos nombres, y podría revisar las columnas de sociedad para buscar más.
«¿Quieres ver radiografías de sus dientes? ¿Las medidas de sus caderas? ¿Quieres oír su opinión sobre la cirugía estética y liposucción para posibles futuras referencias? Puedo conseguir todo eso y mucho más». Quizá si se mantenía frívola no le entrarían ganas de llorar.
—¿Qué atributos en particular estás buscando?

—No —dijo él—. Deja que te explique el resto.

Capítulo 1

—Tengo treinta y dos años y estoy harto de que me persigan como uno de los solteros disponibles de Buenos Aires —dijo Peter Lanzani, millonario propietario de Sistemas de Seguridad Lanzani, mientras se recostaba en el asiento de su escritorio, cruzándose de brazos.
Su mirada era aguda, directa, controlada y con un leve toque de irritación que Lali no habría apreciado si no hubiera llegado a conocer tan bien esa enigmática cara durante los últimos seis meses.
—Entiendo que eso pueda resultar bastante agobiante al cabo de un tiempo —dijo Lali—. Todas esas mujeres saliendo de detrás de las plantas para acosarte, diciendo que quieren un hijo tuyo, y todo por tu dinero. No quiero decir que tú no tengas tu atractivo por ti mismo.
Se alisó la falda y deseó que el pulso que sentía en su garganta no fuera visible bajo su blusa.
Él era atractivo, de acuerdo. Más de lo que, en su opinión, era justo y razonable. Con su pelo oscuro, su piel bronceada y sus interesantes rasgos, que se mezclaban a la perfección con su voz aterciopelada. Incluso olía bien, de una manera que hacía que Lali deseara hundir la cara en él y aspirar su aroma durante un siglo o tres.
Ese pensamiento le produjo un familiar vuelco en el pecho, justo donde se encontraba su corazón.
—No es que haya habido hordas de mujeres escondidas tras las plantas —dijo él con una sonrisa—, pero ya he tenido mi ración de atención no deseada. Y, al contrario de lo que los medios parecen creer, no disfruto viendo mi nombre en todas las listas de los diez solteros más deseables. Francamente, es una molestia sin la que podría vivir.
—Sobre todo si te instalas en esa nueva etapa de tu vida más centrada y sosegada que quieres.
Lali esperaba sonar inteligente, comprensiva. Cualquier cosa menos completamente ajena al objetivo que él pretendía alcanzar con esa conversación.
Dejando a un lado todos los sentimientos que despertaba en ella, luchó por ignorar el modo en que su camisa se ajustaba a su pecho musculoso. Lo cual, probablemente, la situaba en la misma categoría que todas esas mujeres que se escondían tras las plantas.
Para tener unos músculos así tendría que trabajar en el gimnasio regularmente. Se lo imaginó sudando, haciendo pesas en algún gimnasio de moda de la ciudad, y tuvo que reprimir un gemido.
—¿Planeas anunciar a la prensa un gran cambio de vida para que te dejen en paz? Algunos actores se interesan por las religiones budistas durante un tiempo. Algo como eso seguro que supone un disuasivo, dado que te apartará del mercado para cualquier posible relación.
—Es una opción interesante —dijo él, y la mirada que le dirigió hizo parecer que pensaba que Lali tenía piedras en la cabeza—. He de confesar que no había considerado el entrar en ningún tipo de sacerdocio para solucionar estos acontecimientos, pero gracias por la idea.
—La verdad es que no puedo imaginarte de celibato —dijo Lali, y entonces se preguntó por qué no mantendría la boca cerrada. Los encaprichamientos producían eso en las personas. Les hacían decir cosas que normalmente no dirían.

En cualquier caso, no tenía sentido tener ese encaprichamiento. Él no era su tipo, y desde luego no estaría interesado en ella. Los jefes millonarios no se interesaban por las advenedizas de la oficina. No en el mundo real. No importaba lo ensimismadas que pudieran estar esas advenedizas con su jefe. ¿Pero qué había hecho que Peter hablara de sus cosas personales en esa mañana de enero, en su despacho que daba al puerto de Buenos Aires? Su vida personal había sido el tema estrella durante los últimos cinco minutos. Planes, aspiraciones, intenciones. Todo privado, nada que ver con los negocios.

LA MEJOR NOVIA

Argumento:
Parecía que no tenía otra alternativa; o se casaba con el jefe o estaba despedida…

Lali Esposito se quedó de piedra cuando su frío jefe le confesó que necesitaba casarse por conveniencia… y la había elegido a ella como futura esposa. Quizá Lali estuviera completamente chiflada por su guapísimo jefe, Peter Lanzani, pero no iba a pasar por el altar con él… si él no la amaba. Pero entonces descubrió que no tenía otra opción que ponerse a preparar la boda. Pero, ¿qué haría Peter cuando descubriese que Lali no tenía intención de casarse con él?